Una vez, alguien que veía horrible su pelo, al que consideraba de un ondulado imperfecto y rebelde, cambió su melena indomable por un alisado permanente y cambió, además, el color, asemejando su pelo al de otro alguien que había visto y le resultó mejor que el suyo.Alguien se miró al espejo. Decidió que no era un ser perfecto. Decidió que aún era un ser horrible.
Cambió sus camisetas de alegres colores por otras de sobria negrura. Su armario se llenó de prendas al parecer estilizadoras, y se sintió mejor al ver que su estilo era ya más parecido al de otro alguien a quien consideró mucho más interesante.
Con el tiempo volvió a mirarse al espejo. Decidió que aún no era un ser perfecto. Decidió que aún era un ser horrible.
Cambió sus gustos musicales algo románticos por otros más rítmicos, su afición a la lectura por la del gimnasio, y así fue cambiando para llegar a ser alguien perfecto.
Justo al otro lado de su calle, vivía otro alguien. Alguien que decidió que no era perfecto, era horrible.
Cambió su pelo liso por otro ondulado y libre, su ropa tan oscura por otra de divertidos colores que le hicieran parecer más alegre, escuchó las mejores baladas y se aficionó a la lectura, creyendo estar cada vez más cerca de ser alguien realmente interesante.
Un día, en la calle, los dos alguienes se cruzaron. Fueron unos segundos. Y cada uno de esos alguienes sintió algo especial al ver al otro “como me gustaría tener su aspecto, su carisma,su estilo”.
Podemos creer que la belleza está en algún lugar hacia el que ir. Es entonces cuando nos alejamos de ella. Perseguir ser otro nos deja sin nombre propio.
La Kaverna
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