Sumergió de nuevo la cabeza dejando el cabello de la coronilla fuera del agua. Tenía los brazos extendidos y , aunque ella no lo vió, sabía que sus ojos estaban abiertos y enrojecidos por el cloro. Tras un ridículo espacio de tiempo se asomó a respirar tan deprisa que el aire no debió llegar al fondo de sus pulmones aún cuando, su boca, abierta y urgente lo dijo :
- Estamos muertos.Ella miraba fijamente esos ojos redondos y rojizos. Las gotas de agua de sus pestañas caían lentas y pesadas y acaban rodando por sus pecosas mejillas.
-No me crees? - dijo
-A qué estás jugando Ernest?
-Mira tu mano. - le respondió-
Ella dudó unos instantes. Aguantaba el equilibrio moviendo los brazos y las piernas. Qué tontería! -pensó . Pero quería acabar con esa absurda broma y sacó los brazos del agua, doblándolos hacia arriba, y dejando que quedaran las manos a la altura de su cabeza.
- Podemos salir ya de la piscina? estoy empezando a tener frío. Además quiero uno de esos helados con tres bolas y seguro que hay una cola tremenda para comprarlo. Vamos antes de que se acerque la hora de cerrar!.
-He dicho que mires tu mano, no que me la enseñes a mí!
Seguía insistiendo con la broma pesada. Ella podría haberlo ignorado, pero su expresión era tan distinta a él que empezó a inquietarse.
-Tal vez se ha vuelto loco- pensó.
¿Puede alguien volverse loco en un instante? En una simple zambullida?
-Mira tu mano- gritó. Y fue un grito que sonó a lamento y retumbó en algún lugar imposible, hasta devolverlo a los oídos de ella en un eco extrañamente sordo, profundamente frío. Entonces miró.
No te preocupes por el helado. Ya no hay nadie en la cola. - La voz de Ernest era ahora un susurro nostálgico, como si lo hubiera sabido siempre y hoy solo fuera parte de la eternidad.
El silencio no dejó que se oyeran sus pasos al salir del agua transparente. No se oyeron los gritos divertidos de los niños, ni el silbato del vigilante. Solo el vacío.
-Ernest!
Él se giró a mirarla de nuevo, y la vió allí, sola, dentro del agua.
-Cómo me llamo?
-Cómo te llamas? qué pregunta es esa? te llamas… pero no conseguía recordar. Ni siquiera podía asegurar que alguna vez hubiera tenido nombre.
-No podemos morir, Ernest. No puede morir lo que nunca nació. No tengo brazos, ni piernas, ni siquiera pensamiento. No soy yo quien ha creído que estabas loco.
-Yo nunca he dicho eso!
-Pero lo sabes, verdad? ven! vuelve a la piscina despacio, no te preocupes, quizá haya tiempo.
-Tiempo para qué?
-Para cambiarlo! Solo vuelve a zambullirte y continuemos con el juego de saber quién aguanta más debajo del agua. Ahí es donde se rompió el hilo.
-Qué estás diciendo?
-Cuando saques la cabeza dime que yo no aguantaré ni la mitad y salpica mis ojos con agua riendo. Yo te diré que soy capaz de aguantar el doble. Entonces regresarán las voces, los silbatos, los niños, el olor a césped y el aire libre.
-¿Cómo lo sabes? ¿porqué sabes que eso pasará? No! Estamos muertos!
-Ernest! Nunca has estado vivo. Pero ahora hay que dejar de hablar de esto o no tendrá solución, Simplemente nos esfumaremos. Hay que dejar que la historia continúe. Que el libro se siga escribiendo.
Ernest volvió a la piscina sin apenas entender. Se metió despacio en el agua y sumergió la cabeza. Al sacarla la salpicó de agua y ella le dijo que aguantaría el doble. Miró a su alrededor. El mundo había vuelto. Y continuaron actuando como si no supieran nada, siguiendo el guión que se aparecía en sus cabezas. No eran sus pensamientos. Y ya nunca lo serían. Pero de alguna manera, estaban allí, el viento parecía pasar entre sus dedos, y el tendero sonreía sosteniendo un helado enorme. Quizá no les hiciera falta estar vivos para existir.
La Kaverna

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